Equipo de Recuperatio 12 de agosto de 2026 Quiénes somos
Adicciones después de los 65: el problema que nadie mira
Una mujer de setenta y ocho años lleva doce tomando la misma pastilla para dormir. Un hombre de setenta bebe dos vasos de vino en la comida y dos en la cena, como hizo siempre. Ninguno de los dos aparecerá jamás en una estadística de adicciones, y sin embargo ambos tienen un problema que su médico probablemente no ha nombrado.
Por qué pasa desapercibido
Hay razones estructurales, y conviene enumerarlas porque explican mucho:
- Los criterios diagnósticos no encajan. Buena parte de los indicadores clásicos se refieren al trabajo, a los estudios o a las obligaciones familiares. Una persona jubilada que vive sola no falta al trabajo ni desatiende a nadie.
- Los síntomas se confunden con la edad. Caídas, confusión, pérdida de memoria, apatía, insomnio. Todo eso se atribuye al envejecimiento o a un deterioro cognitivo incipiente, y a veces es simplemente consumo.
- Nadie pregunta. El cribado de consumo de alcohol se hace de forma sistemática en adolescentes y casi nunca en mayores de setenta.
- La tolerancia social. «A su edad, dejarle el vino sería quitarle lo poco que le queda» es una frase que se escucha en las consultas y que ha impedido muchos tratamientos.
El cuerpo cambia las reglas
Hay un hecho fisiológico que casi nadie explica a los pacientes: la misma cantidad de alcohol produce más efecto a los setenta que a los cuarenta. Disminuye el agua corporal total, con lo que la concentración en sangre es mayor; la metabolización hepática es más lenta; y aumenta la sensibilidad del sistema nervioso central.
Es decir, alguien puede llevar cuarenta años bebiendo exactamente lo mismo y empezar a tener problemas sin haber cambiado nada. No bebe más: le afecta más.
A eso se suma la interacción con la medicación. Una persona mayor toma con frecuencia cinco o más fármacos, y bastantes de ellos multiplican el efecto sedante del alcohol o dañan el hígado con él.
El caso de las benzodiacepinas
España tiene uno de los consumos de benzodiacepinas más altos de Europa, y la mayor prevalencia está en mujeres mayores. Muchas prescripciones que empezaron como algo puntual —un duelo, una operación, una temporada de insomnio— llevan una década renovándose sin revisión.
El problema es doble. Por un lado, la dependencia física está instaurada y la retirada brusca es peligrosa. Por otro, en personas mayores estos fármacos se asocian a mayor riesgo de caídas, de fracturas y de deterioro cognitivo. Se toman para dormir, y acaban produciendo parte del cuadro que se intenta evitar.
Nunca debe retirarse una benzodiacepina de golpe. La retirada se hace con pauta médica descendente, a veces a lo largo de meses, y funciona bien cuando se hace así.
Señales que conviene mirar
- Caídas repetidas sin explicación clara.
- Confusión o desorientación que fluctúa a lo largo del día.
- Aislamiento creciente y abandono de actividades que antes hacía.
- Descuido del aseo o de la alimentación.
- Irritabilidad marcada a ciertas horas, sobre todo si coincide con el tiempo transcurrido desde la última toma o el último vaso.
- Botellas o envases de medicación en cantidades que no cuadran con lo prescrito.
La buena noticia
Y es una noticia genuinamente buena: las personas mayores responden al tratamiento al menos tan bien como los jóvenes, y en varios estudios mejor. Suelen tener mayor adherencia, menos abandono y más estabilidad de contexto. El obstáculo casi nunca es el pronóstico: es que nadie plantea el tratamiento.
El abordaje sí debe adaptarse. Los grupos con población joven no suelen funcionar bien, el ritmo debe ser más lento y hay que atender a la soledad, que en este grupo es con frecuencia el motor de todo. Tratar el consumo sin tratar el aislamiento no lleva a ninguna parte.
El detonante que casi siempre está detrás
En la mayoría de casos que llegan a consulta hay un acontecimiento identificable en los meses o años previos: la jubilación, la muerte de la pareja, un diagnóstico grave, la pérdida de autonomía para conducir o el traslado a otra ciudad para estar cerca de los hijos.
Todos comparten un elemento: la pérdida de estructura y de rol. Una persona que durante cuarenta años tuvo un horario, una función y un lugar donde se le esperaba se encuentra de pronto con días sin forma. El consumo llena ese hueco con eficacia, porque organiza el tiempo y produce un alivio previsible.
Entenderlo cambia el enfoque del tratamiento. Retirar la sustancia sin devolver estructura deja el hueco intacto, y el hueco es el problema.
La soledad como factor clínico
Conviene decirlo sin eufemismos: en este grupo de edad, la soledad no acompañada es un factor de riesgo de primer orden, comparable a otros que sí se miden de forma rutinaria. Y es tratable.
Los recursos comunitarios —centros de mayores, programas municipales, voluntariado, asociaciones— no son un complemento simpático del tratamiento: en este perfil son una parte central. Una agenda con dos actividades semanales fuera de casa modifica el pronóstico más que muchas intervenciones farmacológicas.
Cuidado con el diagnóstico equivocado
Hay un cuadro que se confunde con frecuencia y que conviene tener presente. Una persona mayor que aparece confusa, desorientada y con fallos de memoria puede estar desarrollando un deterioro cognitivo, o puede estar en abstinencia, o intoxicada, o teniendo un efecto adverso de su medicación.
La diferencia importa mucho, porque el pronóstico es opuesto: el deterioro por consumo o por medicación es reversible en un porcentaje relevante de casos cuando se retira la causa. Un diagnóstico de demencia mal atribuido cierra la puerta a un tratamiento que habría funcionado.
Por eso, ante un deterioro cognitivo de aparición relativamente rápida en una persona mayor, la revisión del consumo de alcohol y de la medicación sedante debería formar parte del estudio inicial. No siempre se hace.
Cómo hablarlo sin infantilizar
El tono es determinante. Hay una tendencia natural a dirigirse a los mayores como a niños —«papá, esto no te conviene»— que provoca el mismo rechazo que provocaría en cualquier adulto.
Funciona mejor plantearlo desde lo que la persona valora: mantener su autonomía, seguir conduciendo, no caerse, poder seguir viviendo sola. Ese es el argumento que conecta, y además es cierto.
Si es tu padre o tu madre
Aplican las mismas pautas que con cualquier familiar —hablar de hechos, no de etiquetas; no encubrir; no discutir en el momento— con un matiz importante: el respeto a su autonomía. Una persona mayor tiene derecho a decidir sobre su vida, y plantearlo como una imposición suele cerrar la puerta.
Lo que sí puedes hacer es pedir cita con su médico de familia y plantear una revisión de la medicación. Es una vía discreta, sin confrontación, y de las más eficaces.
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